Ya cayendo
humilde, Véspero
a mi alma
desciende;
y con él, mi
corazón poblado
de simples
deidades sin tiempo
rebosa de
lamentos.
Los arrullos
de pequeñas bestias
seducen mi
frenético campo eterno.
Crueles y
rastreras vilezas
se apoderan
de mis sueños,
cual hiedras
amenazantes
así estoy
galardonado de resentimientos
Ya no cantan
las aves en mi jardín
Los
fantasmas claman su llanto desde el averno
Ya no bailan
las moscas en su festín
Un despojo
solo queda de mí.
Tiemblan las
ultimas, marchitas hojas
al conocer
la suerte que les depara
caerán en un
instante
y su belleza
será olvidada por el tiempo.
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