Silente guardián,
déjame
deslizar,
sobre tu
rostro una caricia.
Hazme
contemplar,
en una danza
de quietud,
la infinita
certidumbre,
de tu caída
divinidad.
Recorre
conmigo,
en susurros,
esta estepa
fantasmal.
Eleva la
irreverente oleada,
que mis
sueños consumirán.
Y te ofreceré,
a cambio en
mi memoria,
un secreto y
un regalo,
robado en el
sangriento altar.
¡Oh!
Silencioso ángel de piedra,
deja que mis
pensamientos, reposen
en tu campo
de imperturbada frialdad.
Y que las
tenebrosas tormentas
se alejen,
hacia el este,
dejando mi
mente,
por fin en
paz.