No hay
veneno
que sea
dueño de mi alma.
El fantasma
del inquieto
anhelo ,
por fuegos
prometeicos
forjado.
Lanza la
entraña,
de un
pensamiento,
mal encaminado.
No hay
veneno
que sea
dueño de mi alma.
Pero, ¡como
trate!
De alejarme,
de coronados
sueños tiránicos,
condecorados
con el galardón enfermo
de una sinfonía
disonante.
Siento que
la oferta,
de la sombría
perversión,
agita mis
sentidos,
agudiza mi percepción.
Y sacrifica,
la frustrada
oleada,
de mi
arrebato de inquietud.
No hay
veneno que sea dueño de mi alma.
Pero el
fantasma,
del anhelo
forjado,
por fuegos
prometeicos galardonado,
seduce mi simpatía.
Y mi razón me
engaña.