Deseo
embriagarme en un llanto desconsolado.
Que las sílfides
suspiren,
con mi
aliento agotado.
Que las
tejedoras profanas,
cesen su labor,
al saber de mi lamento.
Mas en mi corazón,
la sequia,
ha puesto
alto a todo sentimiento.
La pradera
de sueños,
que reverdecían
en surreales atardeceres,
hoy es un
siniestro y despoblado desierto.
Perdido en anhelos,
deambulo
entre recuerdos, viejos ecos,
que fluyeron
en mis mejores tiempos.
Hoy ya sin razón
para mirar en lo incierto
encomiendo
mi diario de tormentos,
a aquellas hermosas
almas
que ven poesía
en el sufrimiento.
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