Los escucho
pero no los veo, los siento y a veces los sueño, les temo y a veces los deseo.
Se encuentran en un mundo que no conocen. Se funden en tierras de espanto
cuando la luz se marchita. Se olvidan de aquello que los mira desde arriba. Si
abren las puertas del cosmos, es una carcajada lo que inicia la sinfonía.
Chillidos de lagartos bailarines despiertan la imaginación profundamente
escondida, como la llama que habita en el caos la mente es el verdugo del alma.
Encontraba balanceándose en el péndulo de la cordura, aquella figura sobria de
malicia y rasgada por el anhelo de mil psicópatas. Su sonrisa sardónica tiembla
al compás de las frenéticas danzas que forman esta espectral dimensión. En el
centro un fogón esmeralda palpita hambriento de sangre, mientras las lágrimas
de los ángeles se derraman conmovidas por su lastimera resignación. Un cuervo
cantaba anunciando su liberación. De las grietas surgieron numerosas arañas y
esqueletos jugando con las máscaras de la ilusión. La humana y patética
desolación que me abrumaba me impedía apreciar la gloria del terror. Entonces
el anciano del péndulo me miro. Aquella mirada era un vacío que devoraba mi
alma sin mostrar compasión. Los tambores sonaban mientras una mujer bailaba
desnuda sobre la llama riendo con una dulzura melancólica que reflejaba su
poder seductor. Y mientras garras negras me arrastraban al pozo negro de la
desesperación, el anciano maldito me entrego un libro y sonrió, la mujer me dio
un beso y luego me encerró
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